Por ejemplo el Naranjú: nuestro pasatiempo gastronómico preferido de los recreos de calorcito era chupar un sachet de plástico semiduro impreso en tinta blanca de dudosa calidad, en cuyo interior había... hielo con colorante. Y era la gloria, sin discusión. Y aquí hago un alto: el verdadero Naranjú, el inmortal, el merecedor del premio a la trayectoria, es el de naranja. A lo sumo el de frutilla, que era bastante choto pero como uno era niño a la frutilla se la bancaba a muerte. Después, todas esas mariconadas de manzana, manzana verde y uva, a tomar por culo. Seguro que si hoy existieran, habría Naranjú de frutos del bosque. Una imbecilidad. También estaba el otro, el Naranjín, que era como una naranja de plástico con piquito, pero era para pudientes, como el jugo de manzana Cipoletti. Inalcanzable.
Lo mismo pasaba con las Mielcitas, pero en ese caso era peor: no era un sachet, era tooooda una fila de sachetcitos con un brebaje denso y extradulce en su interior. Y, hay que decirlo, era HORRIBLE, pero por alguna extraña razón a todos nos encantaba, o por lo menos así lo creíamos y no podíamos dejarlo. De grandes nos pasó con Tinelli.
Después estaban esos chicles que venían con calcos que se pegaban con agua, que por supuesto todos pegábamos con saliva. O sea: abrías el paquetito, te mandabas el chicle, después le pegabas una buena lambida (se dice lambida, decir “lamida” es de manfloro) al papel, después otra lambida al brazo o la muñeca, y a pegar. Y un resultado divino: una tinta de lo más sana dibujando penosamente en nuestra piel la cara del Gallo Claudio, William Boo o del Pibe Bazooka, un boludo importante si lo hay. Se llamaba “Pibe Bazooka” y andaba con un parche en el ojo, y para nosotros era lo más normal del mundo. En fin.
Después hubo otras miles de estupideces que, si bien no atacaban directamente a nuestro intestino o nuestro sistema nervioso central, sí dañaba considerablemente nuestra capacidad de raciocinio o, para decirlo un poco más poéticamente, nos convertía en pelotudos potenciales. Por ejemplo: el Locolope. Yo jamás lo tuve ni me interesó, pero al día de hoy me asombra cómo miles de pibitos iban desesperados a comprarse una papa envuelta en una media con una sonrisa dibujada, a la cual ellos tenían que regar para que saque unos brotes de pastito pedorro, igualito al que hay en cualquier plaza. Y ahí andaban los paspados, jugando a ver quién tenía el pastito más largo... ah, ¿vos decís que venía por ahí la cosa? Mirá vó.
Pero bueno, también hay una realidad: que yo sepa nadie se murió por clavarse una mielcita, salvo que haya decidido tragársela para ver qué onda.
Y después les decimos a nuestros hijos “eso no que te hace mal”. Unos caraduras.
El paco de los 80.








































